Conversación del 27 de octubre
Poderes, masa, resistencias subjetivas
Ciencias, contingencias irreductibles, algoritmos humanos
Texto de Mary Nicotra
Este texto es también fruto de algunas reflexiones surgidas en un pequeño colectivo que, durante varios meses, se reunió para interrogar el tema de esta sesión: Ciencias, contingencias irreductibles, algoritmos humanos.
Ante todo, al poner en relación la ciencia con una de las contingencias, en cierto sentido irreductibles, de la contemporaneidad, nos encontramos inmediatamente ante una cuestión central: la contingencia histórico-cultural en la que las tecnociencias progresan, a través de los medios informáticos y la robótica, constituye una condición que podemos considerar ineludible. No se trata, por tanto, de desear que esto no suceda, con una mirada nostálgica hacia el pasado, sino de mantener viva la reflexión para comprender el uso que se hace y se hará de estos avances.
Así pues, para utilizar una expresión de Miguel Benasayag, «no se puede mirar el futuro por el espejo retrovisor».
La inteligencia artificial ha entrado en nuestras vidas. Muchos de nosotros tenemos una experiencia cotidiana de ella a través de las llamadas aplicaciones de los teléfonos inteligentes, delegando en ellas numerosas funciones que facilitan los aspectos prácticos de la vida, como encontrar una dirección mediante los sistemas de navegación.
Entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana, entre lo viviente y la máquina, la distinción parece hacerse cada vez más tenue. En la contemporaneidad no siempre parecen percibirse las diferencias, la complejidad y los efectos, incluso a nivel neuronal, de la hibridación entre los dispositivos digitales y lo humano. Estos procesos no carecen de consecuencias.
Si el cerebro digital aumenta, el ser humano disminuye: esta es la tesis que propone Miguel Benasayag, poniendo de relieve la relación conflictiva entre la difusión de una tecnología cada vez más evolucionada, que aspira a emanciparse del cuerpo hasta superar incluso el límite de la muerte en un futuro poshumano, y el necesario desarrollo de una interdependencia ética entre la tecnología y lo humano.
En nuestro pequeño colectivo, una de las preguntas que surgía era: ¿puede un algoritmo realizar una elección?
Intenté, mediante la experimentación, captar algo de esta cuestión. Para ello descargué una aplicación llamada Woebot, que se presenta como un consejero al que acudir en caso de malestar.
Se presenta diciéndome: «¡Hola, humano!». Después precisa que, a partir de mis preguntas, puede ofrecerme respuestas basadas en el paradigma científico de la evidencia, que a su vez remite al ámbito de la psicología cognitivo-conductual.
El diálogo resulta interesante. Hay respuestas cargadas de sentido que llegan puntualmente, hasta que llevo la conversación un poco más allá, más allá del sentido común. En ese momento, al robot no le queda otra opción que invitarme a contactar con la National Suicide Prevention o, alternativamente, si vivo en Estados Unidos, a llamar al 911, mientras que en Europa al 112.
No me conformo y fuerzo un poco más el diálogo con Woebot, diciéndole que lo que me propone no me resulta útil. Su respuesta es: «Gracias por tus comentarios, todavía estoy aprendiendo y no siempre tengo la respuesta correcta».
Por tanto, ¿puede un algoritmo de inteligencia artificial captar la ambivalencia, el sinsentido y la ambigüedad de los que está impregnada toda vida humana?
Cuando el sentido de la experiencia que vivimos se desvanece, cuando no conseguimos comprender lo que nos sucede, cuando experimentamos una desorientación subjetiva y, podríamos decir, los algoritmos humanos, singulares para cada uno, se atascan, los cálculos no cuadran y el esquema de comportamiento deja de producir las respuestas esperadas, puede ocurrir que nos encontremos ante una contingencia irreductible de dificultad. Entonces puede suceder que alguien se dirija a un psicoanalista.
La experiencia que podrá realizar, a medida que avanza un análisis, consiste en poder captar algo de un algoritmo particular y singular para cada uno que, a partir de la fijeza de su cálculo, lo mantiene anclado a una posición de sufrimiento o dificultad en la relación con el Otro social, en los vínculos amorosos o en la relación con su propio cuerpo y la sexualidad.
En lo que concierne al inconsciente, no existe un algoritmo de desciframiento, precisa Miller a partir de la elaboración lacaniana. Sin embargo, sí existe una fijeza en el tejido fantasmático inconsciente de cada sujeto, un algoritmo que, a partir de la fijeza del goce, repite el cálculo con precisión hasta obtener siempre el mismo resultado, por la vía de la repetición, no solo en términos de placer, sino también y sobre todo en términos de sufrimiento.
Cuando encuentro a G. por primera vez, su demanda consiste en obtener un informe pericial necesario para el cambio de sexo. No demanda un análisis, sino únicamente realizar las entrevistas necesarias para que pueda acreditarse su condición de «disforia de género».
G. tiene 53 años y es padre de una niña de diez años. Dice haber sentido siempre esta ambivalencia en su interior y un fuerte impulso a ser mujer, con el que, sin embargo, ha convivido hasta ahora, sin que ello le impidiera casarse con una mujer a la que ama y tener una hija también muy querida.
En los últimos años, a partir de una oferta cultural, social y médica más codificada, y gracias a los avances científicos y a las sofisticadas técnicas quirúrgicas sobre las que se ha informado, se siente más seguro y está preparado para «resolver» su situación convirtiéndose en mujer.
Comenzamos a encontrarnos regularmente y, en un momento determinado de su recorrido, precisamente cuando recibe los documentos que solicitaba para poder acceder al tratamiento hormonal, G. advierte, con cierta sorpresa, como efecto de un saber y de un decir propio que surge en las sesiones, que justamente ahora, cuando finalmente tiene su primera cita con la endocrinóloga y, por tanto, la transición está a punto de comenzar con sus efectos sobre el cuerpo, aparece la angustia.
Se encuentra entonces desplazado respecto al cálculo y a la ecuación que había imaginado: convertirse en mujer = dejar de sentir un malestar difuso.
G. elige interrogar su angustia, que, a lo largo de los encuentros, le revelará que, por muy importante que sea para él situarse del lado de las mujeres, la transición no cumplirá la función milagrosa que hubiera deseado.
Esto permitirá a G. abrirse a un decir y dejar que pueda producirse, sesión tras sesión, un decir propio, queer y singular.
Cuando se trata del inconsciente, no hay código; la interpretación es siempre interpretación de lo particular y sus efectos no son calculables.
Para el psicoanálisis lacaniano, que se ocupa de la escritura de lo real, los algoritmos humanos son singulares, propios de cada uno, a partir del goce singular de cada sujeto, tal como este pequeño fragmento clínico intenta poner de relieve.
Y para quienes nos reconocemos en el campo del psicoanálisis lacaniano, la apuesta consiste en permanecer despiertos, en sobrevivir a la numeración del mundo sin dejar de orientarnos por lo real, entendido como aquello que en cada vida se produce como imposible, con sus efectos incalculables.
Nota
[1] Queer, en su acepción de excéntrico, insólito, diferente